27.6.07

Orden y disciplina

Hasta el gorro estarán ya quienes me visitan con cierta asiduidad de oírme decir que me dedico a la enseñanza y que a lo largo de más de cuarenta años he perdido ya la cuenta del número de alumnos o de asignaturas que he tenido que enseñar así como de la enorme cantidad de reflexiones que dicha ocupación me ha provocado.

Supongo que en todos los trabajos la experiencia va modelando nuestro modo de ser y nuestro modo de obrar. No cometeré el error de poner mi ocupación como la más comprometida o difícil para contrarrestar la certísima opinión de que los maestros disfrutamos de las más amplias vacaciones que los sufridos ciudadanos trabajadores pueden disfrutar. Sólo diré que el objeto de nuestros desvelos plantea serios interrogantes sobre lo que uno cree que debe ser una persona formada correctamente y le coloca a uno en la continua cuestión de saber qué es lo que se puede o se debe enseñar.

Yo aquí no tengo que ser –ni quiero ser- políticamente correcto puesto que ni nadie me conoce ni nadie me puede contradecir con mis propias contradicciones. Cada uno tiene su propio carácter y sus propias convicciones y eso hace que lo que enseña y cómo lo enseña tenga su propio e inalienable matiz.

Para mí siempre ha sido un misterio ver a profesores (y profesoras) cuya sola presencia en clase provocaba un silencio sepulcral en el que se podía oír el vuelo de una mosca. Siempre los he envidiado. En mi caso el orden y la disciplina lo he tenido que ir negociando con las cambiantes circunstancias que los mismos alumnos me han deparado.

Mi experiencia como alumno me suscitó hondas reflexiones. Los años cincuenta veían con buenos ojos que un profesor partiera la cara a un alumno a la primera de cambio. Y cuando no lo hacían dejaban bien claro que podían hacerlo. Mi profesor de inglés y de latín a mis doce años se jactaba de no haber dado más que dos bofetadas: una a un alumno que le replicó irrespetuosamente y otra a ese mismo alumno para enderezarle cuando se caía de lado después de la primera. El de latín de mis trece años comenzaba el curso diciendo: “Notarán ustedes que algunos días –especialmente cuando pierde el Atlético de Bilbao- vendré a clase con pocas ganas de broma. Esos días tengan especial cuidado con lo que hacen o dicen”. Nosotros creímos que aquello era el típico farol del típico maestro dejando claro quién era el que mandaba (cosa que no era en absoluto necesaria). Pero la primera vez que vino con la cara profunda e inescrutable y –yo juraría que sin motivo aparente- levantó a pulso la mesa de madera maciza y la tiró contra el suelo en un arrebato de ira comprendimos que no había nada de farol, sobre todo después de haber visto cómo agarraba del cuello de la camisa al primero que abrió la boca después de ello. Tan inaceptable era esa actitud que yo mismo me erigí en representante del curso para formular una queja ante la dirección –todavía me entran sudores al recordarlo- por su tiránico comportamiento. La respuesta del Director dejó bien claro el muro ante el que nos enfrentábamos. “Aunque ustedes tuvieran toda la razón, no haré nunca jamás nada que ponga en tela de juicio la autoridad del profesor. Así que lo que tienen que hacer es no moverse en esa clase”. Fue un año de terror y cuando tras muchos años me enteré de que ese profesor sufría de ataques de esquizofrenia comprendí lo injusto de aquel innecesario terror.

El primer año que tuve que ir, novato aún en estas lides, a una excursión de fin de curso a Palma de Mallorca con los alumnos del entonces octavo curso de EGB iba con todo el miedo del mundo ante la terrible responsabilidad de que sucediera algo irreparable. Coincidí en el mismo hotel con un frailecillo nudoso y veterano que venía también con otro Colegio de Madrid y que, al ver mi bisoñez y mi temor ante la posibilidad de algún desastre me dijo: “Se ve que eres nuevo. Tú observa lo que hago y aprende”. Dicho y hecho. Llamó a un alumno considerado por todos, por lo visto, como uno de los más destacados miembros de la resistencia a la autoridad y le dejó en pie en el hall del hotel toda la noche. Cuando a la mañana siguiente los demás alumnos lo encontraron allí dormido en una butaca comprendieron el riesgo a que se enfrentaban si algo pasaba.

El frailecillo me dijo entonces: “¿Comprendes? Él no ha hecho nada, pero así aprenderán todos a no hacer nada y a saber quién es el que manda…

(Se me alarga esto. Disculpad. Otro día sigo)

18 Comments:

Blogger María Manuela said...

Jajajaja, joder!!!...glups...

27/6/07 7:22 a. m.  
Blogger Escéptico said...

No es fácil posicionarse respecto a cuál de los sistemas educativos puede ser el mejor; o el menos malo.

Yo no estoy en contra de dar un cachete puntual a un niño al que no logramos hacer entrar en razón. Tampoco sé si estoy del todo a favor.

Pero una cosa sí tengo clara: la autoridad del educador es sagrada. Y nunca, a priori, pondré en entredicho su criterio.

Esto exige estar muy pendiente de la educación que reciben los hijos, y de controlar que la confianza que depositamos en el profesor tiene una base sólida.

Pero insisto: no es fácil posicionarse en este tema.

27/6/07 9:48 a. m.  
Blogger Luisa Miñana said...

Espinoso y enrevesado tema.
Pero si algo tengo claro, aunque no sé como llevarlo bien a la práctica, es que los niños y adolescentes necesitan referecias claras, que el sentido de la autoridad -llámalo mejor si quieres "razón ascendente"- no les viene mal, y que es absolutamente preciso que aprendan a ser responsables de si mismos y de aquello que les va rodeando en la vida.
No me gustaba mucho el sistema educativo que viví de jovencita. No puedo juzgar éste con criterio, porque no participo en él. Lo que no me gusta es lo que estoy viendo a mi alrededor.

27/6/07 10:32 a. m.  
Blogger Uno que mira said...

La autoridad es necesaria. Es como la guía que se pone a las plantas para que crezcan derechas y no de cualquier manera. Lo que pasa en este país (quizá por nuestra propia historia) es que durante muchos años se ha confundido autoridad con autoritarismo.

Esperaré a que sigas...

27/6/07 10:32 a. m.  
Blogger Margot said...

Ufff tema espinoso.... debates inconclusos, dan para largo como tu post, con profesores, padres, educadores...

Pero es que a mí me gusta la disciplina, un término demonizado precisamente por esos años que se confundía con terror. Yo sigo reivindicándola junto al respeto y al esfuerzo y curiosamente nunca se me ocurrió levantar una mano, ni fue necesario.

Ni el pavor de aquello, ni la desidia de éste y todos sabemos que el problema tiene raices más complejas que un elección de método. La educación es un reflejo de un momento y en este que nos toca vivir existe la consigna del " a mí que me registren que yo no fui". La infantilidad de los adultos tiene un reflejo directo en los chavales...

Y seguiremos, espero con impaciencia tu experiencia.

Un besote, master.

27/6/07 11:32 a. m.  
Blogger Enrique Sabaté said...

Disciplina, autoridad ¿No será mejor ejemplo y respeto?. Me explicaré: parece más sencillo de lo que en realidad resulta. Y mucho más complejo de lo que a la vista se observa según los resultados del aula. Yo, que he vivido hasta la extenuación la disciplina y el principio de autoridad hasta en las cosas m´s peregrinas que se puedan suponer, pienso que no lo pueden ser por imposición sino que es algo que se construye día a día con el trabajo responsable; también con el afecto y la responsabilidad por parte de la familia. Y también por el convencimiento y el principio de utilidad. La utilidad de los conocimientos aplicados a la vida.

Que me extiendo demasiado. Como dicen más arriba esto daría para una discusión larga y serena. Las soluciones, como decía el Hermano Lobo. AUUUUUUUUUUUUUUUUUU.

Salud.

27/6/07 11:42 a. m.  
Blogger UMA said...

Estoy con Enrique y contra el cachete puntual de Escèptico.
La disciplina se consigue respetando y haciendo respetar, lamentablemente, la gente no sabe ni criar hijos entonces tenemos los niños y adolescentes que tenemos, con una desorientaciòn mas bien general-
La indisciplina, la falta de respeto de los menores tiene que ver con nosotros, con la educaciòn que damos los adultos.
Si todo queda en mano de una instituciòn educativa, estamos fritos!
Todo paìs tiene su pasado que reprochar, pero hay una realidad, los padres deberìamos ser padres ademàs de lo que se quiera ser con respecto a los hijos.
Si, el tema es mas largo de lo que se puede en un comentario.
Le doy un beso, profe:)

27/6/07 1:24 p. m.  
Blogger Carz said...

Antes de empezar esta digresión, conviene entender que es absurdo pretender tener toda la razón. A lo sumo, puede resultar razonable para el agregado de los individuos, no para cada individuo en sí.

La fuerza sólo es necesaria para intentar evitar las injusticias materiales que provocan los que empiezan a usarla, por lo tanto, la imposición de un criterio por la fuerza es, sencillamente, un acto tiránico, sea cual sea el fin que se persiga.

El mal llamado sistema educativo (debería llamarse instructivo) no debe educar, porque esa es la base del totalitarismo, la educación en las doctrinas del régimen. Su tarea es poner al alcance del alumno, de la manera que le resulte lo más comprensible posible, unos conocimientos.

Hasta aquí he hablado de sistema. Ahora hablaré de individuos.

Un profesor en concreto sí puede influir en la educación actuando según su forma de ser sin someterse a ningún estereotipo. De esta forma los alumnos constataran distintos comportamientos y podrán sacar sus propias conclusiones.

En cuanto la autoridad de un profesor debería ser la de llamar la atención cuando el comportamiento de alguien perturba el proceso de enseñanza-aprendizaje, y si esa actitud persiste, sencillamente expulsarlo del aula para que no impida el desarrollo de la clase.

Si en los ejemplos de tiranía que has explicado, el alumno agredido se hubiera adelantado a pegarle una patada en los huevos al tirano, quizás sería "el Ché", y habría obrado de acuerdo con el uso de la fuerza que defendí anteriormente.

Un abrazo, esperando la continuación.

27/6/07 1:51 p. m.  
Blogger Lunarroja said...

Yo también me quedo con ganas de más.
Estoy a favor de cierta disciplina, de ciertas miradas atrás (si es que acaso en el hoy no encontráramos esas dosis de disciplina). En cualquier caso, me encanta asomarme a tus experiencias, a tus vivencias... siempre saben a poco.

27/6/07 1:58 p. m.  
Blogger Viuda de Tantamount said...

Anda...descubro lo de la enseñanza...Debe de ser innato en tí: no imaginas lo mucho q aprendo sólo con leerte.

B x C

27/6/07 2:29 p. m.  
Blogger Fernando said...

Nada a lo Primo de Rivera!...matáis un guardia yo diez anarquistas o antes de hacerse la herida poner la venda...abrazos de tus alumnos del blog.

27/6/07 3:08 p. m.  
Blogger Mari said...

niño dulce
I am teacher too
sólo por 10 años
y sé de qué habla

27/6/07 3:25 p. m.  
Blogger Leuma said...

Los ejemplos que has puesto me parecen barbaridades en un centro educativo y evidentemente el sistema necesitaba revisarse. El problema es que actualmente parece que hemos pasado a lo contrario y es el alumno el que agrede al profesor o lo intimida con amenazas a veces incluso con apoyo de sus padres. Encontrar el equilibrio depende mucho de la experiencia y madurez del profesor, ganarse a la clase a veces requiere coger los 2 o 3 alumnos realmente problemáticos y buscar soluciones para ellos.
P.D. también soy profesora Ybris, 17 años enseñando, :), has elegido un tema clave en educación, un beso

27/6/07 5:47 p. m.  
Blogger BohemiaMar said...

Yo tengo una mala experiencia con un profesor muy exigente e incluso muy dictador, pero aunque una vez pensé que me pegaría, no lo hizo, recuerdo ese dia con miedo, sinceramente me traumatizaba su carácter y en esa asignatura empecé a suspender. Gracias a ese profesor sentí muchas veces deseos de abandonar los estudios. Menos mal que jamás lo hice.
No soy partidaria de la violencia en ningún caso y el mal trato a los niños no lo admito. Creo que los cachetes no son necesarios, es lo más fácil. Es mucho más importante el diálogo, la seriedad y los lazos de responsabilidad entre ambos.
Un fuerte abrazo mi querido amigo.

27/6/07 6:11 p. m.  
Blogger thirthe said...

de acuerdo en todo (en tu postura quiero decir), sólo una pequeña cuestión, por qué pones "y profesoras" entre paréntesis??, sómos acaso un subconjunto b dentro de un conjunto a??;-)))

muchos besos

27/6/07 9:51 p. m.  
Anonymous ipathia said...

Y podremos decir que "de aquellas lluvias, estos lodos" yéndonos de un profesorado de la época a los alumnos de hoy. Felizmente, no todos.
No pares, sigue, sigue...

27/6/07 10:44 p. m.  
Anonymous Ybris said...

Hay quien cree que las mujeres son en principio más débiles de carácter que los varones en las clases.
El curso 1969-70 recuerdo haber asistido a una reunión de profesores (sólo una profesora entre veinte profesores) para aprobar la contratación de otra profesora para dar clase de ciencias. La mayoría pensaba que no iba a poder hacerse con los alumnos mayores -bastante conflictivos. Se aprobó su contrato a prueba. Cuando comenzó el primer día de clase, los alumnos -que tenían bastante confianza conmigo- comentaban, al verla menuda y aparentemente frágil: "¡Pobre! No sabe la que le espera." Al terminar su primera clase, les pregunté qué tal había ido la cosa. Respondieron: "Increíble. No hemos tenido ni la mínima oportunidad de armar jaleo".
En mi Colegio hoy las tornas se han cambiado y los profesores somos sólo la octava parte de las profesoras. Puedo asegurar que ahora el sexo débil somos los varones.
Por supuesto que el aludir, como hice, a profesoras como subconjunto separado, mi querida Thirthe, no es más que un guiño a los que aún siguen creyendo erróneamente en la superioridad del varón para mantener el orden en una clase.

28/6/07 3:05 a. m.  
Blogger Tristancio said...

Un día de junio, hace ya dos años, salí triste de una clase. Durante el recreo pensé ¿se puede pensar intensamente?, el asunto es que pensé. Luego subí a la oficina de la directora y le dije: "Me voy, busca otro profesor. Cuando lo encuentres me voy..." La razón no se la dije, dos razones: la tristeza y el sinsentido de sus horas y de las mías.
-Usted no nos mete miedo- me había dicho un alumno.
-Soy profesor- le dije -no militar.

Sin embargo, sigo haciendo clases. Creo que no podría hacer otra cosa, pero ya no en colegios. Y si bien, a veces me espanto de la responsabilidad que llevo encima, disfruto cada momento en la sala de clases, y parendo, vaya si aprendo cada día... a vivir.

Saludos...

28/6/07 6:20 a. m.  

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