3.7.09
Siempre pierdo en el juego de la resignación
porque donde me aquieto acabo rebelándome
y donde digo paz hierve la sangre.
No sé por qué me obligo a estas cartas marcadas
de no saber callar sino mirando
ni de haber aprendido a guarecerme
tras párpados enfermos de innata transparencia.
Contengo la respiración y cuento.
Cuento hasta cien o hasta cien mil
o cuento la caída de las hojas
o el tiempo en que dilata su presencia
el lento movimiento de los astros.
Le pido a la raíz de dos o a pi
su oscura transcendencia
de periodicidades imposibles.
Todo es inútil.
Hay veces que hasta números sencillos
acaban explotando al infinito
divididos por cero.
Ese cero doliente del silencio culpable
con que se borra a tantos
incluso de su número más cierto:
aquel que los contó
el día en que nacieron.
1.7.09
Nacionalismos y otros –ismos.
Si bien se mira, la nación no es sino el lugar en que se nace. Dada la natural indefensión de los humanos al nacer, es importante el ámbito de afecto y de protección que nos acoge en este valle de lágrimas: los padres, que cuidan, protegen, alimentan y garantizan un espacio propio; quizás la familia, el clan, la tribu; acaso el conjunto de tribus, gentes bajo un jefe, gentes unidas por un territorio, una historia, una cultura, unas costumbres.
Cuando la madre defiende a sus indefensos cachorros de las agresiones externas que pretenden aprovecharse del más débil parece justo defender vida con vida e infligir la muerte a quien quiere matar a quienes considera con justicia suyos. Sólo sobrevivirá el más fuerte o el más hábil.
Sucesivos agrupamientos y los pactos y leyes sobre los que se hicieron han llevado a las sociedades avanzadas a un punto en que los padres no tienen que matar para defender a sus hijos, tampoco las familias, los clanes, los barrios, los pueblos ni las provincias. La inteligencia humana ha descubierto que no es cuestión de fuerza ya la supervivencia sino cuestión de derechos garantizados.
Uno no sabe muy bien por qué este proceso de construcción de la convivencia se ha detenido en la nación y no parece posible pasar a estados multinacionales y supranacionales o a estados federados o unidos que no se basen en la satisfacción –fundamentalmente económica- de todos. Quizás llevemos dentro aún el instinto que hace a la madre matar por defender su prole cuando nos resistimos a romper fronteras, a deponer armas y ejércitos en pro de la consecución de agrupaciones planetarias. Aquí las normas religiosas, los idiomas, las razas y, sobre todo, el frágil bienestar de la riqueza de pocos en medio de la miseria de muchos han puesto una barrera en que el proceso probadamente eficaz que construyó agrupaciones estables basadas en la ley y no en la fuerza se ha quedado detenido.
Ni Naciones Unidas ni tribunales internacionales tienen el poder para frenar guerras porque existen derechos de veto, democracias truncadas por sistemas sesgados de representación, mayorías cualificadas y, en definitiva, clases y clases.
Es lamentable y trágico un proceso detenido en que aún es posible la guerra de la nación A contra la B por asuntos territoriales o de discriminación o de reconocimiento de derechos propios. Tan lamentable como que está provocando la regresión hacia agrupaciones menores de subnaciones integradas en A o B que quieren con respecto a ellas los que A y B quieren con respecto a B y A.
La verdad es que, mientras el nacionalismo en que estamos ahora estancados no dé el paso siguiente al nacionalismo planetario y la guerra y la violencia que hoy por desgracia nos afligen sea tan criminal como la muerte de un vecino de un barrio o pueblo a manos de otro de otro barrio o de otro pueblo de al lado, seguiremos expuestos a que un nacionalista local declare la guerra al nacionalista global y se cargue a quien le plazca sin otro trámite que hacerle su enemigo mientras éste se negará a hablar de guerra y preferirá hablar de terrorismo, de combatientes extranjeros, de subversivos, extremistas o antisistema a cuantos encomiendan a la fuerza lo que el diálogo o la participación política les parece un camino sin salida.
Quizás algún día empiece a atisbarse la solución a tantas guerras en nombre de tantos “ísmos” cuando toda acción violenta –guerras incluidas- reciba el ominoso nombre de terrorismo.
29.6.09
Eternos parpadeos
Cuanto más profundizo en mi materia
tanto más me seduce lo que veo:
corpúsculos u ondas, materia o energía,
la danza incomprensible en que el vacío
atempera la inmensa densidad
de huidizas partículas formadas en estrellas
saltando entre peldaños de energía
que nunca se destruye y sólo se transforma.
Tengo en el fondo alma de universo,
de ese mismo universo al que me abro
cuando un fotón que tiembla en mi retina
me trae espacios, tiempos y belleza
para hablarme de estrellas y distancias.
Durante el parpadeo en que yo vivo
me comprendo en la forma en la que soy
y me entrego al futuro y al presente
llamado a una eternidad pasmosa,
tomada de un pasado lejanísimo,
sentida en un momento de presente
y devuelta al futuro más eterno.
Lentamente pronuncio estas palabras
también borrachas de inmortalidad
y las dejo en un vuelo que module
la vasta eternidad a la que vuelven.
26.6.09
Futuro pasado
cuando aprenda a vivir de cuanto ya he vivido.
Engaño al corazón pidiéndole que espere
a que construya el ámbito
que guarde todo el gusto a lo que fue
del modo en que ahora me complace.
Me refiero a la paz de lo guardado
que ya no pide proseguir la senda
sino encontrar resquicios en la tarde
donde amasar lo hecho.
Quizás un día cuando el alba tenga
el espeso sabor crepuscular
con que el cansancio invade el cuerpo laso
abra este álbum sepia de fotos retocadas
y comience otra vez a repasar la vida
ya sin errores y purificada.
Será vivir sin riesgos lo vivido
y jugar con ventaja y sin sorpresas
el juego de un futuro ya jugado.
24.6.09
El placer de la venganza
Quienes nacimos cuando el mundo aún no estaba puesto solíamos bucear en libros de aventuras : Tarzán, Salgari, Verne. Corríamos a la salida del colegio para llegar a tiempo de oír en la radio la novela de Diego Valor y el final de la de Dos Hombres Buenos. No perdíamos ocasión de reírnos con el humor de Gila o el del el insuperable porteño Pepe Iglesias, el Zorro. Pero, sobre todo, éramos fervientes seguidores del rebelde e imaginativo Guillermo con que su autora Richmal Crompton nos inoculaba por igual el afán de aventuras, la rebeldía ingenua, el amor infantil y el valor de soñar despierto.
De uno de sus cinco primeros libros aprendí un oscuro e interesado razonamiento de Guillermo con que devolvía el golpe de una negativa hasta transformarla en positiva por obra y gracia de las mismas armas con las que se le educaba. Se le había dicho: “No. De ninguna manera”. Cuando al día siguiente en clase de Lengua en el colegio se demostraba que dos negaciones equivalen a una afirmación comprendió al instante el modo de salirse con la suya.
También a mí, de modo no muy diferente, y por esos motivos extraños que hacen que algunas cosas perduren en el recuerdo mientras otras se olvidan, se me quedaron grabadas desde los diez años dos -entonces incomprensibles- principios morales que el profesor de Religión blandía -más creo hoy como defensa de ciertos comportamientos de altos personajes que por su utilidad en nuestra indiferencia- hasta con su formulación latina, como si ello les inmunizara contra la duda o la crítica:
Uno era la “Restrictio mentalis” por la que se podía ocultar la verdad sin mentir. “Viene un rojo -ponía como ejemplo- persiguiendo a una monja y te conmina a decir por dónde ha ido”. “Tú no puedes mentir porque la mentira siempre es reprobable, -proseguía- pero ocultas la verdad diciendo: ‘por aquí no ha pasado’ (y mostraba claramente cómo una mano suya se introducía por la manga contraria de su hábito) “. “No has mentido -concluía- porque es cierto que no pasó por tu manga, pero el injusto perseguidor entiende otra cosa y consigues salvar al injustamente perseguido”.
El otro era la “Oculta compensatio” por la cual te podías resarcir de una multa injusta tomando como tuyo lo mismo que el injusto exactor te arrebató. “Nunca se puede robar -argüía- pero puedes tomar lo que es tuyo y te han quitado so capa de legalidad”.
Más tarde llegarían las reveladoras (lástima que la moral católica nunca las aceptara a las claras con respecto a sus normas): “In extrema necessitate, omnia communia” por la que no hay propiedad privada en caso de necesidad extrema o la que afirmaba que la norma próxima de moralidad es la propia conciencia rectamente formada.
Pero, esclavo de mi hábito de divagar hasta encontrarme, ya todo lo anterior es indiferente con respecto a los tres casos que hoy con humor y resignación rebelde me ocupan y que hago preceder de tan largas como pesadas disquisiciones :
El País: Por ese extraño hábito, sucedáneo del síndrome de Diógenes, que a todos a veces nos domina , suelo intermitentemente recortar los cupones del final del diario para pegarlos en una suerte de cartilla y conseguir así los mas variados e inútiles productos que poder dejar arrinconados en cualquier olvido. El rito exige que consigas un código de reserva mediante el pseudoinocente requisito de telefonear o mandar un SMS a un número de alto coste (siempre me recuerda el proceso seguido por esos matones que exigen a todos en las calles que les des un euro “voluntario” si no quieres problemas, a sabiendas de que por un euro nadie se va a buscar líos mientras que a ellos, tras cientos de “solicitudes” les va a suponer un sueldo jugoso). Pues bien, tras haberme sometido no pocas veces al ignominioso rito de escribir “El pais xxx xxx” y obtener inmediatamente el número de reserva, en la última promoción observo estupefacto que tras mandar mis 1’2 euros+ IVA al albur de las ondas electromagnéticas no obtengo más que un absoluto silencio, incluso después de esperar más de un día. “Vaya. Me habré equivocado -me digo”. Repito el proceso a los dos días y el resultado es exasperantemente idéntico. Me veo obligado a bajarme los pantalones ante un 902 de atención (más bien desatención) al cliente y a dilapidar mis euros con esa línea a cambio de pulsar numeritos, escuchar musiquitas, soportar cuelgues, aguantar derivaciones y quemar paciencias hasta conseguir hablar con alguien. Tras contar el caso y dar múltiples explicaciones, el resultado es que de repente hay que escribir ELPAIS y no Elpais (“como siempre ha sido” -asegura la telefonista- “Como nunca ha sido” -insisto yo , que sobre ser contrario a mi religión el escribir todo con mayúsculas no sabía todavía hacerlo con la exasperante exigüidad del teclado del móvil”. Al fin todo solucionado dejando de fondo el tiempo perdido, el dinero que nadie me devuelve y la exasperación del triste destino de los humillados y ofendidos.
Operador de telefonía&fabricante de terminal móvil: Contemplo la minuciosa factura. Observo atónito varias llamadas de dos segundos por las que me cobran sensiblemente lo mismo que por las de 20 segundos. como si en 2 segundos hubiese resuelto el más apremiante de los informes. Acto seguido contemplo varios consumos de datos al margen de los que habitúo cuando uso el móvil como módem para conectarme a internet. Encima intento descifrar llamadas a núneros desconocidos. No puedo por menos que relacionarlos con el extraño comportamiento del móvil que se lanza a conectarse ante cualquier movimiento del teclado, a llamar autónomamente a quien se le tercie o a descolgar buzones de correo no solicitados.
Me imagino a los fabricantes de móviles promocionando sus terminales ante los operadores: “Te ofrezco este que se conecta a internet al menor descuido y, además, se desbloquea solito, y encima llama por presión involuntaria… Jeje y encima nadie lo nota: un chollo”.
SGAE: Compro100 cedés para hacer grabaciones y repartirlas a modo de aprendizaje de nuestras propias actuaciones en la coral donde amaso aficiones y consumo tiempo libre. Tengo que pagar a modo de “canon de remuneración compensatoria por copia privada” 17 euros más IVA (22 si son regrabables) como si los utilizase para no comprar obras con derecho de autor. Igualmente pago 0’30 euros más IVA por cada memoria USB que uso para pasar los mp3 de nuestras propias grabaciones.
No diré más. No soy persona que goce viendo ponerse el sol sobre su ira ni alienta deseos de venganza como quien amasa placeres inconfesables. Pero me vengo de tanta injusta, prepotente e impune acometida mascando posibles modos de resarcirme a base de compensaciones ocultas y de restricciones mentales.
O de interpretaciones afirmativas donde bien sé que las quieren negativas (o del revés).
Algún día lamentarán haberme provocado.
22.6.09
Solsticio
No sé qué ha terminado con el día más largo,
si la gloria del sol contra la noche
o la vuelta tozuda de la labor de zapa
de la sombra creciente ante la luz.
Hace calor y en este ardor no me hallo:
Tomo en mis manos la penumbra antigua
de cuando era un niño y me arropaba
para ahuyentar los miedos de la noche
y me dejo caer contra mí mismo
donde el frío no está pero se atisba.
Sueño en el polo sur y en su terrible viento
que aún conserva brisas del otoño
y el abrazo amoroso de la noche más larga
antes de fundirse en el invierno.
19.6.09
Quietud
Desciendes lentamente a la quietud
de un tiempo fósil al que tú le sobras.
Y así no involucrado y prescindible
observas el eterno remolino
donde todas las cosas tienen sitio
y apuntan en su giro a más lentos destinos.
De repente tu prisa desentona
en tanta aceptación de lo que es
donde lo que será o un día fue
ni guarda huellas ni desbroza sendas.
Cuando de nuevo vuelvas al afán
te sentirás extraño buscando la manera
de decir lo que has visto en ti o en todo
cuando ni vas ni vienes
y cuando sólo miras.
